Existe un deporte no reconocido que los sevillanos practicamos a diario con maestría olímpica: atravesar una calle del centro sin rozar ni una sola silla de velador. Requiere equilibrio, humildad y una capacidad de disculpa que ya quisieran los diplomáticos.
Empieza uno la travesía convencido de que hay hueco. Craso error. Entre la mesa de los que desayunan tostada con jamón y el grupo que ya va por la segunda caña a las doce del mediodía, queda un pasillo de exactamente el ancho de medio sevillano. Y tú, que desayunaste, mides sevillano y medio.
Así que caminas de lado, pidiendo permiso a gente que no te mira, sujetando el bolso como si cruzaras un río con la ropa en alto. «Perdón, perdón, gracias, perdón», vas diciendo, mientras el camarero pasa por el mismo hueco con una bandeja de seis cervezas y no pide perdón a nadie, porque él sí sabe dónde pisa.
No es que uno tenga nada contra las terrazas. Faltaría más: son media vida de esta ciudad y la otra media transcurre en ellas. Es solo que a veces, cuando llegas al otro lado de la calle sudando y habiendo pedido disculpas nueve veces, te preguntas si la acera, esa cosa antigua por la que antes se andaba, no será también un poquito tuya. Luego se te pasa, te sientas en una terraza y ocupas media calle sin ningún remordimiento.