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Las obras eternas: crónica de un vallado que ya es monumento

Hay valla en mi calle más antigua que algunos matrimonios.

Álvaro Jiménez PonceÁlvaro Jiménez Ponce· · Actualizado: · 2 min de lectura

En mi calle hay una obra. La hay desde hace tanto que ya no sé qué había antes. A veces sospecho que la propia calle nació con la valla puesta, como esas tortugas que vienen con caparazón de fábrica.

La valla es metálica, naranja, y luce con orgullo un cartel que anunciaba el fin de las obras para una fecha que ya pertenece al pasado remoto. Debajo, alguien ha escrito con rotulador: «¿cuándo?». Nadie ha contestado. La pregunta lleva ahí más tiempo que algunos concejales.

Lo curioso es que dentro de la obra rara vez hay alguien trabajando. Hay un socavón, dos conos, una excavadora dormida y un silencio arqueológico. De vez en cuando aparece un operario, mira el agujero con la expresión de quien contempla el mar, y se marcha. Volveremos a verlo, quizá, en primavera.

He aprendido a convivir con ella. Le doy los buenos días. He visto crecer a los niños del barrio esquivando esa valla, y algún día la esquivarán sus hijos. Porque en esta ciudad las obras no se terminan: se heredan. Y cuando por fin, un martes cualquiera y sin previo aviso, retiren el vallado y aparezca el asfalto nuevo y reluciente, no sentiremos alegría. Sentiremos una extraña orfandad, como quien pierde a un vecino gruñón pero de toda la vida.

Álvaro Jiménez Ponce

Escrito por

Álvaro Jiménez Ponce

Redactor

Graduado en Economía por la Pablo de Olavide. Madruga para leer balances, presume de hoja de cálculo y sigue sin fiarse de las criptos; escribe de economía, empresas y tecnología en Sevilla desde hace años.