El director de la cátedra de divulgación de la Universidad Pública de Navarra, Joaquín Sevilla, lleva desde los años 90 veraneando en Santoña (Cantabria), un pueblo de 11.000 habitantes ligado al mar y la pesca.
Joaquín Sevilla Moróder, director de la cátedra de divulgación de cultura y conocimiento científico de la Universidad Pública de Navarra, tiene su refugio particular en Santoña, una localidad cántabra de unos 11.000 habitantes. Allí, entre la marea y la luz, encuentra una escapada ideal desde los años 90, cuando empezó a disponer de una casa familiar.
“Un paisaje que nunca cambia pero que nunca es igual, entre la marea y la luz nunca te cansas de ver el mar”, explica Sevilla. La cercanía a Pamplona, donde trabaja, y el ambiente tranquilo de Santoña, limitado en crecimiento por estar rodeado de mar y marisma, lo convierten en un destino recurrente no solo en verano.
Un pueblo con sabor a mar y anchoas
La vida en Santoña gira en torno a la pesca. Su industria se basa en la comercialización del bonito y las anchoas en aceite de oliva. “La oferta gastronómica es magnífica, sobre todo de pescado fresco”, asegura el divulgador. Recomienda ir a ver descargar los barcos al puerto o las transacciones en la lonja, y “casi puedes seguirle la pista a los peces de allí al restaurante”.
El casco urbano se asienta sobre una llanura, mientras que la zona montañosa alberga la ladera del Brusco y el Buciero. La historia local está ligada al Monasterio de Santa María del Puerto, que dio paso a la iglesia románica del mismo nombre. También destacan sus fortificaciones militares.
Naturaleza y rutas de ensueño
Entre los atractivos turísticos, Sevilla destaca la Ruta del Faro del Caballo, un sendero de acantilados con más de 700 escalones excavados en la roca que descienden hasta el mar. También menciona la Playa de Berria y las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, un Parque Natural de más de 4.000 hectáreas que acoge a más de 20.000 aves de 130 especies.
Para el profesor, Santoña ha sido “una válvula de escape estupenda” cuando sus hijos eran pequeños, y ahora que vuelan solos sigue siendo un refugio para cambiar de aires y cargar las pilas. “La limitación de crecimiento que le ha impuesto a la población estar rodeada de mar y marisma hace que el turismo no resulte excesivo, manteniendo un bullicio animado pero contenido”, concluye.

