Hay una frase que en Sevilla se pronuncia entre mayo y octubre con la solemnidad de un juramento: «sí, hace calor, pero es un calor seco». La decimos sudando por sitios que ni sabíamos que sudaban, con la camiseta pegada a la espalda como un sello, y aun así la defendemos como si fuera patrimonio de la humanidad.
Lo dice el vecino mientras se abanica con el folleto de una pizzería. Lo dice la señora del mercado abriéndose paso entre ventiladores que no ventilan nada, solo mueven el bochorno de un lado a otro. Lo dice hasta el termómetro de la farmacia, que marca cuarenta y cuatro y parece pedir perdón.
El problema del calor seco es que es como el dolor de muelas ajeno: siempre soportable si no es el tuyo. Vienen de fuera y les explicamos, con una sonrisa de sufrimiento contenido, que se acostumbrarán. No se acostumbran. Nadie se acostumbra. Simplemente aprendemos a caminar pegados a las fachadas buscando esa franja de sombra de treinta centímetros que aquí llamamos, generosamente, «la parte fresca».
Y sin embargo volveremos a decirlo el año que viene. Porque quejarse del calor sevillano en voz alta está permitido, pero reconocer que a lo mejor no es tan seco sería casi una traición. Así que nada: hidrátense, busquen su sombra de treinta centímetros y repitan conmigo, con la dignidad intacta y la frente empapada, que aquí el calor se lleva bien.