Uno creía, ingenuamente, que el centro de Sevilla era para vivir. Error de novato. El centro es un plató al aire libre donde el vecino desempeña el papel no acreditado de «lugareño de fondo», ese que aparece desenfocado detrás del turista que se hace la foto perfecta junto a la Giralda.
Sales a comprar el pan y te conviertes en obstáculo. Un grupo de treinta personas con auriculares escucha a un guía que levanta un paraguas cerrado como quien porta un estandarte. Tú, que solo quieres llegar a la panadería, tienes que decidir si rodeas al rebaño por la izquierda, con riesgo de aparecer en un vídeo de TikTok, o esperas pacientemente a que la Historia de España termine de ser explicada en cinco idiomas.
Y luego están los patinetes, esos proyectiles silenciosos que te adelantan por donde menos lo esperas, conducidos por gente que descubrió la ciudad hace cuarenta minutos y ya circula por ella con más decisión que un taxista de toda la vida.
No me malinterpreten: bendito el turismo, que de algo hay que comer. Pero hay días en que uno solo querría cruzar su propia plaza sin pedir cita, sin salir en la cámara de nadie y sin que un paraguas cerrado le marque el paso. Días en que uno sospecha que el verdadero monumento en peligro de extinción no es ninguna piedra, sino el vecino que aún intenta, con terca dignidad, comprar el pan.
